Ricardo Hausmann sobre las narrativas políticas cambiantes en América Latina


May 16, 2016 mhernani Noticias

Fuente: WEF

En toda América Latina, los votantes que, hasta hace poco, estaban entusiasmados con sus gobiernos de izquierda parecen tener un cambio de corazón. En Brasil y Venezuela, los votantes quieren expulsar a sus líderes. En la Argentina, ya lo hicieron. En Bolivia, los votantes rechazaron los esfuerzos del presidente Evo Morales para enmendar la constitución y tener múltiples mandatos presidenciales. Y en Perú, ninguno de los candidatos de izquierda llegó a la segunda vuelta de la elección presidencial, que tendrá lugar el 5 de junio.

Pero aprender de la experiencia es mucho más complicado de lo que parece. No podemos revivir el pasado; sólo podemos contar historias sobre él – y las historias que contamos tienden a tener una relación bastante difusa con lo que realmente sucedió. En ninguna parte es esto más cierto que en América Latina.

La narrativa expuesta por los últimos líderes de izquierda de la región – en particular de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, de Venezuela, Hugo Chávez, y de Argentina, Cristina Kirchner – se basó en una lucha de clases renovada entre “el pueblo” y lo que podría llamarse el “anti-pueblo”.

“Se decía que las políticas que precedieron a la de estos líderes eran pro-ricos, porque los gobiernos que los mantuvieron fueron subordinados de los ricos. Estos movimientos populares supuestamente se rebelaron contra una estructura política dirigiada por élites locales que a menudo se aliaban con el imperialismo de Estados Unidos.

Pero si hoy en día los votantes están desechando sus políticas “pro-pueblo”  de izquierda, no se debe a que ahora prefieran al “enemigo de clase”. Es porque han cambiado las narrativas.

Además del concepto de “clase”, por lo menos otras tres estructuras narrativas son políticamente prominentes en América Latina. Una se centra en la corrupción: los gobernantes conservadores eran corruptos, pero los nuevos chicos de izquierda empezaron a robar también, así que – independientemente de sus políticas – era hora de que se vayan.

Una tercera narrativa se basa en teorías económicas contradictorias. La década de 1990 fue la época del neoliberalismo, una visión económica del mundo que asume erróneamente que los beneficios del crecimiento económico alcanzarán, de algún modo, a los de abajo. En ese sentido, el gobierno debe abrazar la austeridad y dejar que los mercados funcionen.

Los nuevos gobiernos de izquierda tenían una mejor teoría económica, una que podría impulsar el crecimiento económico y la creación activa de oportunidades en la parte inferior de la pirámide. Ahora, en medio de un estancamiento inflacionario, los votantes están cuestionando esa alternativa.

La última narrativa destaca el papel de las condiciones externas – es decir, de la buena suerte, y no de las buenas políticas – en la determinación del rendimiento económico. Cuando los precios son altos y el capital internacional es abundante y barato como ocurrió entre 2004 a 2012, las autoridades parecen genios. Cuando la marea alta se retira, como lo ha hecho recientemente, se ven como tontos.

En 2004, los precios de los productos básicos tuvieron un boom en sus precios que no ocurría desde hace nucho tiempo, y el apetito de los inversores por la deuda de mercados emergentes se disparó. Se eliminó la necesidad de austeridad, y a partir de entonces podía hacerse un mayor gasto sin que se tenga que imprimir más dinero.

Pero el golpe de suerte fue mal administrado, alimentando el despilfarro fiscal, y al final el bloque de economías de izquierda dejó a los países en recesión, y a los votantes, con los sueños rotos, quienes apoyaron con entusiasmo gastos extravagantes durante el auge: aplaudieron cuando Rafael Correa de Ecuador eliminó un fondo de estabilización del petróleo que había heredado, y cuando Chávez, en lugar de ahorrar dinero para los días lluviosos, quintuplicó la deuda externa pública.

Ahora que se acabó la fiesta, quieren gobiernos más conservadores para estabilizar la economía y restaurar la confianza de los mercados necesarios para fomentar la inversión privada. Hasta que los votantes aprendan a exigir mejores políticas a sus gobiernos, están obligados a rechazar lo que terminan recibiendo. Por desgracia, las narrativas políticas dominantes de América Latina no están ayudando a que este proceso avance.

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